Tres notas lo distinguieron del resto de su familia: el color rojo de su pelo, que le ganó el sobrenombre de Colorado; su elevada estatura y su jovialidad.
Ramón, una vez radicado con su familia en Guadalajara, siguió los pasos de su padre al ingresar en la Escuela de Medicina. Allí destacó por su buen humor, su camaradería para con todos y su bien definida identidad como católico sin afrentarse por ello. En cuanto estuvo capacitado, atendió solícito la salud de los menesterosos, sin cobrar por sus servicios.
Con 22 años de vida y a punto de terminar la carrera de medicina, recibió en su hogar, con responsabilidad subsidiaria, a Anacleto González Flores. Muy pronto el Maestro advirtió las cualidades de Ramón. Sin mayores preámbulos le pidió al “Colorado” que atendiera a los heridos en alguno de los campamentos de la resistencia activa. Con la misma franqueza, le contestó Ramón: "Por usted hago lo que sea, Maistro, pero irme al monte, no". Le sobraba valor pero sabe, tanto como Anacleto, que las armas sólo provocarán una espiral de violencia.
Un extraño presentimiento turbó el ánimo del “Colorado” la víspera de su aprehensión y de su martirio. Apenas iniciado el mes de abril de 1927, a las primeras horas de la madrugada, una mano azota la puerta del hogar de los Vargas González. Ramón, enfadado por la impertinencia, atendió la solicitud de un medicamento. Apenas entreabrió la puerta, los esbirros, tras amagarlo con un gran revolver, se apoderaron del zaguán. Sometidos los moradores, se procedió a catear la vivienda y a aprehender a todos sus ocupantes. Aunque muy indignado por el agresivo comportamiento de los policías, Ramón mantuvo la calma.
En la calle, gracias a la prisa y al tumulto reunido junto al hogar de los Vargas González, y a que los rasgos físicos lo distinguían del resto de sus familiares, pudo pasar por en medio de sus captores, sin que éstos lo advirtieran. Mas, al llegar a la esquina, su honestidad lo hizo regresar, para ser reaprehendido y vejado.
En sus últimas horas, se advierte la delicada composición que diseñó la oblación y la entrega de sí, hecha con antelación a la trágica jornada. Supo que iba a morir, pero su hombría de bien y su esperanza cristiana le mostraron que esa muerte lo uniría a la de Cristo. No tuvo miedo, ni lo tuvieron sus hermanos. Sintió hambre y consiguió comida; bromeó y oró: "No temas -dijo a su hermano Jorge-, si morimos nuestra sangre lavará nuestras culpas".
La hora de la ejecución llegó. Salieron del calabozo los Vargas González. Ferreira, conociendo la inocencia de los hermanos acerca de las actividades de la resistencia católica, ni siquiera ordenó torturar a los jóvenes. Por otra parte, el tiempo apremiaba y urgía matarlos a todos, cuanto antes. Para atenuar la cruel sentencia, más que por un rasgo de piedad, el general ordenó que fuera separado el menor de los Vargas González, el sitio correspondía a Ramón, de apenas 22 años; con todo, fue Florentino el que, por voluntad expresa de su hermano Ramón, resulta agraciado con el indulto. Esta fue la segunda y última oportunidad en la que pudo salvar su vida, ya ofrecida a Dios.
A punto de ser fusilado, flexionó su mano derecha e hizo la señal de la cruz con los dedos, después cayó por tierra. Así entregó su vida este joven valiente, ilusionado con el porvenir, pero también dispuesto a dar todo lo que tenía, con tal de alcanzar el Reino de los Cielos.
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