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Laico, soltero y profesor

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 9 de diciembre de 1899. Fue el último de los siete hijos engendrados por los esposos Dionisio Padilla del Castillo y Mercedes Gómez. Hijo gemelo, pero la criatura que lo acompañó en el vientre, José Manuel Guillermo, murió poco después de haber nacido. Uno y otro fueron bautizados en la parroquia del Sagrario Metropolitano de Guadalajara, cuatro días después de su nacimiento, el 13 de diciembre, por el Sr. Pbro. Abraham Rodríguez. Se le impuso el nombre de José Dionisio Luis.


Su padre, miembro de una familia acreditada, culta y pudiente, murió cuando Luis era niño. Recibió en su hogar una esmerada educación cristiana. Con todo, poseedor de un temperamento sensible, la muerte de su padre y los muchos años que lo separaban del resto de sus hermanos, no le dejaron recuerdos agradables de esta primera etapa de su vida.

El 24 de septiembre de 1908, hizo su primera Comunión. Inició sus estudios en el colegio particular del señor Tomás Fregoso, de ahí pasó al Instituto San José, de los padres jesuitas, cuya formación moldeó su carácter y su espiritualidad.

En noviembre de 1915, ingresó a la Congregación Mariana del Santuario de Señor San José, por entonces la más sólida asociación de apostolado seglar católico en Guadalaja­ra.

El 17 de julio de 1916, se afilió como socio fundador a la recién creada Asociación Católica de la Juventud Mexicana. Poco después, el 1º de noviembre de ese año, apoyado por el padre Othón León Romero, abrió matricula en el Seminario Conciliar de Señor San José de Guadalajara.Sus compañeros recuerdan al joven estudiante de humanidades y filosofía como un modelo de aplicación y virtud, clarividencia intelectual, piedad y recogimiento.

El 12 de octubre de 1917, mientras practicaba en la ciudad de León, Guanajuato, los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, experimentó de tal modo la presencia de Dios, que calificó esa jornada como la mejor de su vida.

Por notas autógrafas es posible hacer un boceto de su perfil: después de una niñez opaca, que se traduce en miedo a la vida y en baja autoestima, la certeza de ser objeto del amor de Dios atempera su carácter. En esa tanda de ejercicios, descubre que Dios lo llama y que lo quiere para sí.

Sin embargo, la vida intermitente del Seminario, plagada de sobresaltos y temores, poco ayudan al fortalecimiento de este propósito. En unos apuntes que tituló Místicas, escritos en 1919, deja en claro que le subyuga el ser sacerdote, pero al mismo tiempo aparece como nota gris la duda vocacional.

En 1920, después de haber terminado los tres cursos de filosofía, y estando a punto de iniciar la formación teológica y de recibir la prima tonsura, su honestidad para sí y para sus superiores, lo llevó a declinar la oferta de proseguir la formación eclesiástica en la ciudad de Roma. Poco después, el 1º de noviembre de 1921, antes de iniciar el nuevo año lectivo, tomó la dolorosa deci­sión de abandonar el Seminario.

Se dedicó desde entonces a saciar su sed intelectual,estudiando con ahínco;a las obras de apostola­do y a buscar en Dios la paz del corazón. Corrigiendo su tartamudez, dictó conferencias, impartió cursos, fue buen declamador de poemas. Fue congregante asiduo, catequista y activo acejotaemero, muy dedicado a la acción social.

De nuevo en su hogar, colmó su afectividad estrechando su relación filial y fraterna, especialmente con su hermana María de la Luz, que lo aprecia mucho. Amante de los buenos libros, adquirió una selecta biblioteca; pero no fue ésta, sino su oratorio, dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, donde volcó su refugio interior. Constantemente oraba en su oratorio juntamente con las personas que él, de buen grado, invitaba.

Procuró mantenerse al día en religión, doctrina social de la Iglesia, filosofía, moral y ciencias aplicadas. Muchas veces expuso sus ideas en las notables veladas científico-religiosas organizadas en la casa de su maestro y amigo, el padre Ignacio González Hernández, Fidelior. El orden de sus exposiciones, a decir de muchos, es admirable. Hizo célebres sus aplicaciones del Evange­lio a la vida. Fue capaz de resolver los más intrincados casos de teología moral, de argüir con maestría las proposiciones filosóficas y de discurrir con delicadeza cuestiones de ascética y mística. Por este tiempo, además, conoció los escritos de santa Teresa del Niño Jesús.

Muchos advertían perfectamente delineado en Luis, al pastor sabio, sano y santo, tanto es así que le gastaban la broma: “Luis, cuando dice un discurso, predica”.

Amante de la literatura, de la historia y de la poesía, gracias a sus notas, se conocen sus gustos: Van Trich, Lacordaire, Bolò y Bougod, en la prosa; Bourget y Boudeaux, en la novela; Gabriel y Galán, Becquer y Zorrilla, en la poesía.

Además de comulgar todos los días, de meditar y de tener espacios largos de adoración ante Jesús Sacramentado, amó con intensidad a su Madre del cielo, bajo la advocación de Guadalupe.

Enemigo del ruido y de la publicidad, se inhibe casi por completo a colaborar con la prensa católica; pese a ello, en lo particular escribió, mucho y bien. De ello dan testimonio algunos textos rescatados luego de su muerte.

Aunque convive con muchas personas, sus amigos íntimos son pocos y selectos, casi todos sacerdotes.Es alegre, comunicativo, canta, ríe, se agita, tiene siempre a la mano la anécdota ocurrente y limpia.

Sus compromisos con la A.C.J.M. y con los círculos de estudio, consumen lo mejor de su tiempo. Con gusto colabora, como profesor de literatura, en el Seminario de Guadalajara, y como corrector de estilo, en la prensa católica.

La lucha desatada en su corazón hace que se enfrenten la sombra y la luz, el odio y el amor. Extenuado por estos roces, exclamó, en noviembre de 1924: "soy un viejo a los veinticuatro años". No se trata en realidad de vejez, sino de fatiga. Aunque su alma delicada y sensible, que vibra ante el menor movimiento de la gracia, lo impulsa a entregarse por entero, lo abruma la desazón de no poder darlo todo.

En la cuaresma de 1925, después de los ejercicios espirituales impartidos en la parroquia de San Miguel del Espíritu Santo, escribió De cosas espirituales, donde da razón de su indecisión y, por otra parte, evoca el martirio.

El 28 de agosto del año siguiente, 1926, definió su situación: regresará al Seminario. Cesa la angustia que lo aflige y espera que su consagración a los hermanos por amor al reino de los cielos, le alcanzará el reposo y la felicidad.

Con todo, reingresar al Seminario, al menos de momento no es posible. La institución atraviesa la peor crisis de su historia: la clausura sistemática de sus instalaciones y la persecución abierta a su enseñanza.

A finales de 1926, es ya presidente diocesa­no de la A.C.J.M. y secretario de la Unión Popular. Su celoso apoyo al boicot y las giras de propaganda para consolidar la Unión Popular en el interior del Estado lo reclaman de tiempo completo.

La secretaría de la Unión le acarrea sinsabores y malos ratos; a la fuerza material y la prepotencia de los adversarios se añaden el egoísmo y la cobardía de muchos católicos que a la hora de la prueba vuelven las espaldas a la causa.

A principios de 1927, se liga a la de tantos católicos dispuestos a defender su fe a costa de sus vidas. El 24 de enero de ese año, Luis registra en su diario su opción sacerdotal, pero también, en su conducta, queda claro su compromiso con la resistencia católica. No tomará, bajo ninguna circunstancia, las armas, pero apoyará la oposición activa de los jaliscienses comprometidos en la defensa de su religión.

El cerco se cierra y la espiritualidad se acrisola. Participa cotidianamente en las celebraciones clandestinas, ora con asiduidad y medita mucho.

El 4 de febrero, desde Ameca, escribe a su madre: "Estoy bastante contento y no tienes por qué preocuparte por mí; estoy mucho mejor y más seguro que en Guadalajara. Por tanto, presupongo tu permiso para continuar por algún tiempo por estos rumbos. No me escribas, pues de aquí iremos a otras partes; yo lo haré con la frecuencia posible".

Ya en Guadalajara, al lado de Anacleto González Flores, redobló sus empeños e intuyó su fin. El padre Ignacio González, poco antes de sumartirio, notándolo deprimido, averiguó la causa: "La situación de la Iglesia en México me pone a veces en este estado; Jesucristo escarnecido, el culto cesado, la fe debilitada, las costumbres públicas y domésticas corrompidas. ¿Quién no se estremece ante el tremendo castigo?... y no obstante este es de misericordia, y no queremos comprenderlo".

El 1º de abril, a las dos de la mañana,su domicilio familiar es acordonado por un grupo de agentes encabezados por el general Jesús M. Ferreira. Escalan los muros exteriores de la vivienda y se introducen en el dormitorio de Luis, arrancándolo literalmente del lecho. Pronto, un nutrido contingente, armado en toda forma, toma la casa y a sus moradores: Luis, su madre, doña Mercedes y su hermana, María de la Luz. Las mujeres son enviadas a la Inspección General de Policía; Luis, a la Jefatura de la Zona de Operaciones Militares, donde es interrogado, y, más tarde, remitido al Cuartel Colorado, al oriente de la ciudad.

Ese día, las cárceles se llenan de católicos, hombres, mujeres y niños. El general Ferreira, ha recibido de la Presidencia de la República el mandato de bañar en sangre la capital del Estado de Jalisco, y se dispone a cumplir las órdenes, con exactitud; va de por medio su carrera y, de paso, la oportunidad de extorsionar a algunos católicos pudientes.

Por la mañana del fatídico 1º de abril, en el Cuartel Colorado de Guadalajara esperan la muerte en sendos calabozos Jorge y Ramón Vargas González, Anacleto González Flores y Luis Padilla Gómez.

En el momento señalado, son conducidos al paredón de fusilamiento, cuando les llega su turno, Luis hace una petición: desea confesarse por última vez, pero su solicitud no es atendida. Entonces, arrodillado y con los brazos en cruz, perdona a sus verdugos y recita el acto de contrición, que interrumpen los disparos.

La familia Padilla Gómez realizó todas las gestiones posibles para evitar lo inevitable, de manera que la terrible noticia no deja de conmoverlos hondo, especialmente a su madre. Sus familiares recogieron el cadáver. Además de los impactos de los fusiles, ciertas escoriaciones en la lengua hicieron suponer el tipo de tortura al que fue sometido.

La capilla ardiente donde fue velado su cuerporesultó insuficiente para recibir a una multitud deseosa de rendir tributo póstumo al líder juvenil, sacrificado en la flor de la edad. Al día siguiente fue sepultado en el panteón de Mezquitán. El 4 de julio de 1928, agotada por la pena, murió su madre, doña Mercedes Gómez.

El 9 de julio de 1952, por disposición de María de la Luz Padilla Gómez, se trasladaron los restos de Luis a una de las criptas del templo de San Agustín, verificándose un singular fenómeno: al ser exhumados, cuajaron en las piezas óseas cristales iridiscentes; se practicaron acuciosos exámenes químicos para determinar el origen de estos cristales sin obtenerse un dictamen definitivo.

El 22 de noviembre de 1981 sus despojos mortales fueron nuevamente reinhumados en el templo parroquial de San José de Analco, donde se encuentran actualmente.

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