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La santidad para el cristiano no es un lujo o un ideal facultativo, ni un privilegio de algunos pocos, sino una exigencia intrínseca de la vida cristiana. La invitación de Jesús a la santidad se dirige a todos los cristianos, los cuales, aun con diversas funciones, constituyen juntos la prolongación de Cristo, a través del Misterio de la Iglesia, su Cuerpo Místico. “Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la santidad” (Lumen Gentium No. 40). Y en el número 41, la misma Constitución Dogmática de la Iglesia añade: “Cada uno según los dones y funciones que les son propios”.

El Papa Juan Pablo II nos invitó a descubrir en todo su valor programático el Capítulo V de la Constitución DogmáticaLumen Gentium sobre la Iglesia, dedicado a la vocación universal a la santidad. Según este Capítulo, descubrir a la Iglesia como pueblo “congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, nos lleva a descubrir también su “santidad”, entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquél que por excelencia es el “tres veces Santo” (cfr. Is. 6, 3). En consecuencia, “confesar a la Iglesia como santa, significa mostrar su rostro de esposa de Cristo, por la cual Él se entregó, precisamente para santificarla (cfr. Ef. 5, 25-26). Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado” (NMI, 30).

El Concilio Vaticano II recuerda con fuerza e insistencia, que no sólo los Obispos, los Sacerdotes y los Religiosos están llamados a la santidad, sino también los laicos, sea cual fuese el marco de su actividad o de su situación temporal, porque no son simples espectadores, sino parte integral y vital de la Iglesia. El laico es, por tanto, un cristiano de primera clase en nada inferior a los Sacerdotes y Religiosos respecto de la plena realización de la vida sobrenatural, requerida por su consagración bautismal. La vocación del laico, en cuanto cristiano, es una vocación a la santidad. Nadie, pues, está excluido de la verdadera vida devota: el soldado, el artesano, los casados, los políticos, los obreros, los profesionistas, los empresarios, etc. Se trata sólo de armonizar vida interior y vida exterior. Sin olvidar que el Santo debe combatir contra la idea del aprecio y la búsqueda exagerados de lo extraordinario; oponiendo a ello sus “pequeñas virtudes”, realizadas de modo extraordinario.

La santidad, así entendida y vivida, está en íntima comunión con la vivencia de la Sagrada Eucaristía. Así lo han demostrado los Santos Mártires mexicanos ya canonizados por Su Santidad Juan Pablo II, y los próximos Beatos laicos y mártires. Leyendo sus biografías, nos damos cuenta que todos ellos vivieron, celebraron y gozaron la Eucaristía como fuente y cumbre de toda su vida cristiana hasta el martirio. Su amor a Jesucristo Eucaristía fue su fuerza para seguir a Cristo hasta las últimas consecuencias.

Así pues, presentamos estas catequesis procurando que nos ayuden a profundizar en la vocación universal a la santidad, conocer a nuestros nuevos beatos y valorar el don del martirio. Pidamos a Dios que nos ayude a valorar y apreciar la próxima beatificación, el 20 de noviembre del 2005.

José Trinidad González Rodríguez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Presidente de la Comisión Diocesana de Causas de Canonización, en Guadalajara.

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