VOCACIÓN UNIVERSAL A LA SANTIDAD
Todos los hombres son llamados por Dios a ser Santos
“Queridos hermanos, ustedes, como elegidos de Dios, Santos y amados,revístanse de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad;sopórtense y perdónense mutuamente, siempre que alguno diere a otro motivo de queja. Como el Señor los perdonó, así también perdónense unos a otros” (Col, 3, 22 ss).
Objetivo general
Tomar conciencia de que por el Bautismo todos estamos llamados a ser Santos; ya que configurados con Cristo, Profeta, Sacerdotey Rey, y con el auxilio de su gracia, sí podemos lograrlo.
Ambientación
En el lugar de la reunión, sobre una mesa adornada con flores y velas, se colocan las imágenes de Cristo Crucificado, de la Virgen de Guadalupe y de los Santos Mártires Mexicanos.
Oración Inicial
Canto "Que viva mi Cristo..."
Oración
Padre celestial que en Jesús, tu Hijo amado, nos muestras el camino para llegar a Ti, concédenos seguir las huellas de Cristo que pasó por el mundo haciendo el bien, y con el ejemplo y la intercesión de estos Beatos Mártires Mexicanos, santifiquemos nuestra vida, cumpliendo fielmente tus mandatos, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
Motivación
La ciencia y tecnología bombardean al hombre de nuestro tiempo: internet, telefonía celular, TV...
Los valores no le dicen nada, el consumismo, el hedonismo y la diversión hecha moda, lo han dejado sin fuerza y en un agotamiento que tiende al fatalismo.
No se acerca a las fuentes de la sabiduría. A la Iglesia se le tiene desconfianza.
Nuestro mundo se nos presenta desilusionado, desorientado, cansado.
Nos atemoriza y entristece caminar en medio del terrorismo, la violencia intrafamiliar, la corrupción, los asaltos, la mentira, la explotación y anarquía sexual.
Vivimos en un mundo donde sólo se busca la producción, sin tener en cuenta a la persona, en donde sólo importa la economía y no la ecología.
Se está perdiendo el ideal y el propósito de vivir cristianamente y el empeño de ser Santos ante la mirada de Dios, cumpliendo su voluntad.
Algunos piensan que esa perfección de santidad es un privilegio de muy pocos, que a la mayoría no se le concede.
Jesús, en el Sermón de la Montaña, nos señaló que los caminos de santidad y dicha verdadera se abren para todos los que quieren seguirlo en las diferentes situaciones de la vida, niños, jóvenes, solteros, casados, religiosos, Sacerdotes, obedeciendo los mandamientos de amor a Dios y al prójimo, motivados por la enseñanza de Cristo acerca de la pobreza espiritual, la mansedumbre, la limpieza de corazón, la paciencia y la misericordia, verdaderas virtudes cristianas.
Iluminación
El Papa Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Novo millennio ineunte (al inicio del nuevo milenio) invitó a la Iglesia a encauzar la programación pastoral hacia la santidad, para expresar la convicción de que si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios, por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según un comportamiento que busca lo mínimo de compromiso y una religiosidad superficial...
Es el momento de proponer, de nuevo, a todos con convicción, este "alto grado" de la vida cristiana ordinaria: la vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas, debe ir en esta dirección.
Tarea primaria de la Iglesia es acompañar a todos los cristianos por el camino de la santidad, con el fin de que, iluminados por la inteligencia de la fe, aprendan a conocer y a contemplar el rostro de Cristo y a redescubrir en Él, la auténtica identidad y la misión que el Señor confía a cada uno. De tal modo que lleguen a estar "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y de los profetas, teniendo como piedra angular al mismo Jesucristo. En Él cada construcción crece bien ordenada para ser "templo santo en el Señor" (Ef 2,20-21).
La Iglesia reúne en sí todas las vocaciones que Dios promueve entre sus hijos, y se configura a sí misma como reflejo luminoso del misterio de la Santísima Trinidad. Como "pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", lleva en sí el misterio del Padre que llama a todos a santificar su nombre y a cumplir su voluntad; custodia el misterio del Hijo que, mandado por el Padre a anunciar el reino de Dios, invita a todos a seguirle; es depositaria del misterio del Espíritu Santo que consagra para la misión, que el Padre ha elegido, mediante su Hijo Jesucristo" (JuanPablo II: Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, 21 de abril de 2002).
Todos los discípulos de Cristo estamos invitados a la santidad (Cfr. Mt. 5,48), y todos hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina. Mientras conservamos la amistad con Dios, somos verdaderamente Santos.
En la santidad, existe diferencia de grado, de crecimiento, de intensidad en la unión con Cristo. La santidad no es otra cosa que la unión con Dios. Cuanto más íntima sea esa unión, mayor será el grado de santidad de la persona.
Los Santos son los gigantes de la santidad. La Iglesia, desde los primeros tiempos, propuso a los fieles, como ejemplos de vida en el seguimiento de Cristo y como intercesores ante Dios; primero, a los mártires que, en un acto de inmenso amor a Cristo, ofrecieron sus vidas por la defensa de la fe; más tarde, a los confesores que con el ejercicio de las virtudes en grado heroico, fueron fieles imitadores de Cristo, modelo y fuente de santidad. Surgieron así las causas de canonización con una intervención formal de la Iglesia, que regula la piedad de los fieles y declara, en virtud de la infalibilidad del Papa, que tal siervo de Dios es digno de ser honrado e implorado.
Es cierto que no todos los que ejercitaron en vida las virtudes cristianas en grado heroico y están íntimamente unidos a Dios, son declarados beatos o Santos, por la Iglesia. Han existido a través de los siglos, y existen hoy, infinidad de mártires, de santos anónimos, de madres de familia, de monjas de clausura, de religiosos y religiosas, de humildes trabajadores, de enfermos crónicos que, purificados por el sufrimiento alcanzaron los más altos grados de unión con Dios, pero que no han sido elevados al honor de los altares.
La canonización presupone siempre una santidad sublime, una íntima unión con Dios; sin embargo, ni el martirio, ni el ejercicio de las virtudes heroicas durante la vida exigen o suponen la beatificación o canonización. No se trata de premiar en la tierra las virtudes de un cristiano que fue héroe de la santidad.
Ni la beatificación ni la canonización pueden aumentar la gloria del beato o del santo. La canonización tiene una función social, una función eclesial. El objetivo final de la canonización son los fieles. Son ellos los destinatarios y los beneficiarios de la misma. Los Santos no tienen necesidad de ser declarados tales. Somos los fieles los que tenemos necesidad de que la Iglesia siga proponiendo continuamente nuevos modelos de santidad, capaces de ayudarnos a interpretar, en cualquier condición de vida, el mensaje evangélico. Y son precisamente los Santos, los pioneros y los prototipos creativos de las formas de santidad necesarias en un determinado período en la historia de la Iglesia..
Practicando un nuevo estilo de vivir el cristianismo, demuestran que una determinada forma de vida y de acción ofrece posibilidades de realizarse como hombre y como cristiano; enseñan,experimentalmente, que también "así", en esas condiciones concretas del ambiente y del trabajo, se puede ser santo.
Un siervo de Dios es tanto más canonizable cuanto más atractivo y estimulante sea el mensaje que puede ofrecer al mundo moderno y mayor su fama de santidad, de tal modo, que los fieles se sientan animados a seguir su ejemplo.
Los Santos no solamente tienen la función de servir de estímulo para los fieles, sino que contribuyen a fortalecer y acrecentar la unión existente entre la Iglesia triunfante y la Iglesia peregrinante. Son ellos una expresión de esa mística unión, una manifestación viva de la vitalidad de la Iglesia, un signo de la acción santificante del Espíritu. "No veneramos la memoria de los Santos –dice el Vaticano II– sólo a título de ejemplo, sino especialmente para que se consolide la unión de toda la Iglesia en el Espíritu por el ejercicio de la caridad (cf. Ef. 4,1-6). Porque, así como la comunión cristiana entre los que se encuentran en camino nos acerca más a Cristo, la comunión con los Santos nos une a Él, del cual, como de la fuente y de la cabeza, promana toda la gracia y toda la vida del mismo pueblo de Dios" (L.G. 50).
El florecimiento de las causas de canonización en nuestros días demuestra, por una parte, la vitalidad de la Iglesia, y por otra, las ansias de santidad del pueblo fiel, que admira y venera a los héroes de la santidad y busca nuevos modelos de vida donde inspirarse, en medio de las dificultades del mundo.
Durante los primeros treinta años del siglo XX, las autoridades civiles en la nación Mexicana, impulsadas por el liberalismo, promulgaron leyes anticlericales para acabar con la Iglesia y sus instituciones. Junto con ello se fomentó una cruel persecución contra los cristianos, quienes, con ánimo esforzado y firme, defendieron la fe y la libertad religiosa. Muchos Sacerdotes y Laicos, conscientes del gran peligro que corrían, entregaron su vida por sus hermanos en el martirio, convirtiéndose en ejemplo de caridad heroica.
Entre aquellos que siguieron a Cristo en el camino de la cruz, se encuentran trece mártires mexicanos, tres sacerdotes y diez cristianos laicos. Los sacerdotes son: José Trinidad Rangel Montaño, Sacerdote diocesano de León, Andrés Solá Molist, Sacerdote profeso de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de la Santísima Virgen María; y Angel Darío Acosta Zurita, Sacerdote de la diócesis de Veracruz, fusilado a los tres meses de haber recibido la ordenación sacerdotal.
Los laicos son: Anacleto González Flores, Jorge y Ramón Vargas González, Luis Padilla Gómez, Ezequiel y Salvador Huerta Gutiérrez, Miguel Gómez Loza, Luis Magaña Servín y el adolescente José Sánchez del Río, originario de Sahuayo, Mich. En la misma persecución religiosa, fueron asesinados muchos otros laicos.
El martirio es un regalo de Dios, concedido a algunos, para que puedan padecer la muerte violenta, con heroísmo, sin flaquear en su fe cristiana y poder perdonar a los autores de su muerte. Pero esta gracia singular del martirio fue preparada con otras gracias que Dios les concedió desde el Bautismo y aumentó con otros Sacramentos y la práctica de la oración y la escucha de la Palabra de Dios.
El proceso de investigación y estudio que hace la Comisión Instructora de la Iglesia, en cada Obispado y en la ciudad de Roma, para conocer la verdad de la vida y del martirio de las personas presentadas, para que sean declarados beatos o santos, es largo y minucioso.
Compromiso
Para responder generosamente al llamado a la santidad que Cristo nos hace a todos con sus palabras y ejemplos: “Sean perfectos como mi Padre Celestial es perfecto”, necesitamos oír con frecuencia la Palabra de Dios, participar devotamente y con frecuencia en la celebración de la Santa Misa, acercarnos más a los Sacramentos de la Confesión y la Comunión y hacer oración todos los días.
En los nuevos beatos mártires, tan cercanos a nosotros, que con las buenas acciones de su conducta diaria dieron testimonio de cómo deben y pueden ser y vivir los cristianos, tenemos modelos heroicos y guías que nos apoyen para empeñarnos en ser Santos, agradables a Dios, como lo indica el Apóstol San Pedro: “Como es Santo el que los llamó, sean también Santos en toda su conducta, porque está escrito ‘Sean Santos porque yo soy Santo’” 1 Pe 1,15).
(Se completa con preguntas, respuestas y testimonios de los participantes).
Celebración
Se entona el canto: “Somos un pueblo que camina...”
Se recita la oración a la Virgen María: “Dios te Salve Reina y Madre de Misericordia...”. ¡Virgen Santísima de Guadalupe, Reina de México, Consérvanos la fe y Salva Nuestra Patria!.
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